| 3. Un noviazgo de tres años |
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Decíamos al principio que Francisco, con el hato de cabras que eran propiedad de su padre, íbase las tres cuartas partes de cada mes a un chozo existente a unos siete kilómetros del pueblo. Aún ahora cuesta trabajo llegar a él; ¡cuánto más no costaría en los tiempos lejanos de la juventud de Francisco!
La edificación está hecha aprovechando las piedras grandes que se desprenden del monte. Puestas una sobre otra y unidas con un poco de barro común, y paremos de contar. Una puerta mal colgada da paso al interior, duro como el monte de donde salieron las piedras que sirvieron para enlosar su suelo. Una sola habitación que sirve de todo. En un extremo, un horno y en el otro, unas tablas puestas en pie para separar la pieza “principal” de una minúscula habitación donde Francisco se echaba a dormir y donde sólo cabe el cuerpo de un hombre. Este chozo fue habitado después por otros cabreros, pero hace mucho tiempo que nadie lo usa al menos de forma continuada, aunque no cabe duda que, en las duras jornadas del invierno serrano, servirá de pobre alojamiento a los pastores e incluso a sus pequeños rebaños. De todas formas, continúa en el mismo estado en que Francisco lo dejó. Nadie ha osado cambiar nada, quizás porque nada hay que cambiar. No hay muebles —ni siquiera una silla para sentarse—; sólo hay quietud. Se me va a permitir ahora que diga mi particular opinión sobre este sitio. Y espero que quien lo conozca esté de acuerdo con mis apreciaciones.
A mí no me cabe la menor duda de que fray Leopoldo empezó a nacer en este pequeño valle, en aquel mísero chozo, rodeado sólo de naturaleza viva, sin que la mano del hombre hubiese llegado todavía a destrozar el paisaje, un paisaje por otra parte casi imposible de destrozar debido a su dureza, y que sólo ha cambiado en la construcción de la carretera, carretera que, desde el valle donde el chozo está construido, ni se ve debido a la altura. ENAMORADO Mientras todo esto ocurre, mientras el tiempo pasa demasiado lentamente para Francisco, para sus ilusiones futuras, ocurre la desgraciada muerte de su hermano en Cuba. Allí le llevó la guerra y la Patria y allí quedó su cuerpo dormido en el sueño de la muerte. Francisco comprende que ahora más que nunca se ha alejado considerablemente de su bendita ilusión de ser sacerdote. Y vuelve sus ojos hacia una joven hermosa que siempre hizo tilín en su joven corazón. Antonia Medinilla Lobato era una joven de profunda fe, de arraigadas creencias. Era el complemento ideal para un Francisco Tomás que buscaba afanosamente el vivir más cerca de Dios y del que parece que Dios pugnaba por alejarse, cuando en realidad sólo ponía a prueba su empeño, su amor por El, su deseo de cargar con su propia cruz y seguirle hasta el fin. Por fin se hacen novios. Es un noviazgo que dura tres años según nos cuenta la sobrina del Siervo de Dios. Pero ni antes ni después la quiere engañar el joven Francisco. Antes de pedirle relaciones a Antonia, le dice muy claramente que su más grande ilusión es ser sacerdote y que no dudaría en abandonarlo todo —incluso a ella—, si se presentaba la ocasión de ser llamado por Dios. Ella agacha la cabeza, comprende y asiente. Está conforme. Sabe que en la lucha si la hubiera, sería Dios el ganador y ella, profunda creyente, se deja llevar a su suerte. Fueron tres años felices para Francisco y Antonia. Los planes para un futuro que no sabían cuándo llegaría; los sueños vividos juntos, las palabras de amor de todas las parejas, en ellos serian más verdaderas, más sentidas, porque sobre él pesaba la idea de que Dios no le llamaba a su lado a pesar de las constantes llamadas que le hacía y porque sobre ella pesaba también el pensamiento de que el ser amado podría, en cualquier momento, dejarla para ir a servir a Dios desde dentro de un claustro capuchino. PIDE EL INGRESO EN LA ORDEN Un día llegaron a Ronda unos monjes capuchinos para predicar. Entre los muchos asistentes estaba, cómo no, Francisco que, al término de la sagrada palabra vence su natural cortedad y les dice que quiere ser como ellos, que quiere ser monje. — Puedes serlo muchacho. Pero comprende que por tu edad y por tus escasos estudios no podrás llegar más que a hermano lego. No quiere otra cosa Francisco. Es su gran ilusión. Servir a Dios y a los demás hombres desde el puesto más bajo. Los monjes le prometen enviarle la solicitud y se marchan. Pero la solicitud no llega. Los monjes a buen seguro, con tanto ajetreo y tanta predicación por los distintos pueblos de la zona, han olvidado la promesa hecha a Francisco, que espera inútilmente. Mientras tanto, su madre, la buena mujer que está enterada de los planes de su hijo, los comunica al esposo, a Diego, que sólo pone una objeción: — Mujer, no tenemos dinero suficiente para costear esos estudios a nuestro Francisco. Algún tiempo después va a Ronda a predicar otro monje capuchino, el padre Cándido de Monreal. Francisco vuelve a ir a escucharle y le pide por segunda vez el ingreso en la Orden, ingreso que el padre promete acelerar; pero, de nuevo, el olvido pone una venda en la memoria del sacerdote y de nuevo también Francisco se queda esperando la invitación oficial para entrar en el convento. Por último, Francisco va en busca de un sacerdote de Ronda, don Rafael, que es un poco pariente. Le cuenta sus penalidades, sus deseos y su desesperanza al no encontrar el camino deseado. Es don Rafael quien escribe al provincial, recibiendo la inmediata respuesta. Francisco puede entrar en el convento cuando lo desee. Llegados a este punto, conviene decir que Francisco reside de vez en cuando en Ronda. Su padre tenía una casa en la zona conocida como el barrio, concretamente en la calle Marbella, núm. 33. Así, pues, era también feligrés de la Iglesia del Espíritu Santo, cuyo párroco después daría un excelente certificado de buena conducta y cristiandad de Francisco. |


